lunes, 9 de abril de 2012

Purgatory. Liturgia y extrañamiento.

Dedico la presente entrada a un muy buen amigo, Samuelle Márquez, quien recientemente ha publicado su primer trabajo dentro del mundo audiovisual. Se trata de “Purgatory”, un breve pero intenso cortometraje escrito en lengua sajona y que ha contado con la colaboración de un servidor en lo que a banda sonora se refiere.

La historia se desenvuelve entre rezos, figuras religiosas desmitificadas y recuerdos distorsionados. Estos últimos son representados por un hilo de diálogos en off que narran una historia recordada de forma paralela a la historia dentro del plano. Así, mientras el relato invisible se caracteriza por su sonoridad, el relato visible permanece callado, mudo.

Semejante panorama me ofrecía, dentro de tan breve tiempo, un espacio amplísimo de posibilidades. Esta vez, sin embargo, no me decanté por la exploración sonora o, mejor dicho, tímbrica a través de la electrónica, sino por la recuperación, mediante instrumentos tradicionales, de un pasado musical arcaico, litúrgico que, al ser adaptado a un nuevo contexto de “score” fílmico, queda tan desmitificado, tan fuera de sí, como los rezos y figuras religiosas del corto.

La satisfacción –y a la vez inquietud– producidas por la elaboración de este trabajo me obligan a preguntarme qué nuevos retos y sensaciones podrían depararme próximas colaboraciones con Samuelle Márquez. Mientras espero con impaciencia nuevos comentarios e ideas suyas, no puedo hacer otra cosa que mostrar el trabajo concluido. A día de hoy, “Purgatory” está disponible en Youtube. La banda sonora se publicará próximamente en mi página personal de Soundcloud donde, por ahora, sólo es posible escuchar un extracto del audio del corto, con diálogos y efectos de sonido incluidos.


Aprovecho la ocasión para promocionar el resto del contenido de esta página, ya que su creación me sirvió para echar una mirada atrás y elaborar una retrospectiva de mis trabajos como Virgen Ciega (la banda sonora de “Purgatory” y otras que están por venir se encuentran firmadas con mi nombre de pila).

Damas y caballeros, con todos ustedes “Purgatory”…


Purgatory
Escrito y dirigido por Samuelle Márquez
Protagonizado por Andreina Insausti
Cámara y edición: Víctor Perezagua
Música compuesta por Héctor Perezagua

* * *

Selección de tracks disponibles en mi página de Soundcloud:






martes, 23 de agosto de 2011

Ascensión y caída de un espíritu sagrado.


Determinados segmentos de población, pertenecientes a varias generaciones, recuerdan con cariño un álbum que muchos podrían catalogar como ‘disco del armario’, si bien dista mucho de ser uno de esos éxitos que sonaba en la radio mientras nos enamorábamos por primera vez o nos liábamos nuestro primer canuto. Si a esto, además, le añado que se trata de ‘música de indios americanos’, el lector puede sospechar erróneamente que este artículo no es sino un relato de ficción. El disco, sin embargo, es real; aparecido en 1994, lleva por título y firma “Sacred Spirit”. Entre sus surcos, podemos encontrar todo un mundo de cantos indígenas convertidos en pegadizos temas de trance, tecno ‘tribal’ y atmósferas ‘aceleradas’.

Menuda época aquella para la música, vaya manera más explosiva de avecinarse el cambio de siglo. Se hablaba, por entonces, del ‘boom de la New Age Music’, cajón de sastre donde los haya, pues, más que de un estilo de música, cabe hablar de un tipo de consumidor de dicha música. Sin embargo, para cuando la desorientada crítica musical empezaba a adaptarse a la etiqueta New Age, un nuevo fenómeno, acartonado casi desde el principio y suave bicarbonato para estómagos de fácil acidez, empezó a gestarse con la añadidura de ligerísimas bases discotequeras a lo que ya de por sí era ligero; me refiero a la emergencia del Chill Out, gris zénit de la música puramente funcional.

Sacred Spirit podría considerarse como uno de los primeros retazos de este fenómeno, si bien he de defender, quizás más desde la añoranza que desde un criterio musical serio, el valor de este disco cuajado de oscuros colchones de sintetizador, de tonadas que realmente han sido extraídas de grabaciones añejas de los indios de diversas tribus y han sido sorprendentemente bien acopladas al ritmo hipnótico de los nuevos tiempos. De vez en cuando, un melancólico chelo (en ocasiones físico, en otras sampleado) irrumpe entre los fríos sonidos sintéticos con tal de contagiarnos el dolor de los nativos por el exterminio de sus hermanos, por la pérdida de sus tierras ancestrales.
Hago un inciso a propósito del chelo para indicar que los arreglos de cuerda de “Ly-O-Lay-Ale Loya” no son originales del disco, sino que han sido adaptados a partir de la composición “Stating Intention” del norteamericano Peter Kater. Dicho tema, poseedor de una muy singular belleza, se puede encontrar en el álbum “Migration”. Algunos de los álbumes más valiosos de Kater son fruto de su trabajo junto a Roberto Carlos Nakai, flautista de etnia navaja y ávido recuperador de las músicas tradicionales de su pueblo.
De regreso a Sacred Spirit, es inevitable admirar la intensa fuerza de algunos de los temas que, fruto de conjuntar con maestría cantos tribales y arreglos electrónicos, sorprende y emociona; algunos jovencitos y jovencitas grababan, en esas ensaladas musicales que eran las cintas TDK de noventa minutos, la bella Canción de Cuna de la madre a su retoño (“Dawa”) o los Deseos de Prosperidad y Felicidad (“Yeha-Noha”), dejándose embriagar por estas piezas como si de baladas convencionales se trataran. La ultra-adhesiva Danza Circular (“Ly-O-Lay-Ale Loya”) tampoco era para menos; el inventarse rimas guarras a raíz de lo que la letra original nos sugería era ejercicio frecuente entre los chavales.

Llegados a este punto (y habiendo dado ya el nombre de uno de los implicados), tiene sentido preguntar por el artífice de todo esto, la persona física que diseñó semejante proyecto. Durante largo tiempo, creí que el responsable era Oliver Shanti, productor alemán de New Age y Chill Out que fue arrestado en 2008 por unos presuntos delitos de pederastia cometidos hacía más de veinte años. A mediados de los ochenta, siendo el músico líder de una secta, aprovechó su posición privilegiada para abusar sexualmente de más de un centenar de menores, chicos y chicas, militantes en la comunidad. Sin embargo, tras conseguir el CD original de “Sacred Spirit: Cantos y danzas de los indios americanos”, comprobé con alivio que en nada tenía que ver este proyecto con el “Sacred Spirits” (en plural) de Oliver Shanti.

El álbum que nos ocupa viene reivindicado en los créditos por The Fearsome Brave, pseudónimo que esconde la identidad del también germano Claus Zundel [imagen derecha]. Pianista y productor dedicado al pop hasta principios de los noventa, Zundel es autor de otros dos volúmenes posteriores de Sacred Spirit, así como de producciones que siguen muy de cerca la estela de éste, tales como Moroccan Spirit, Classical Spirit, Tango Joitz, Macao Café o B-Tribe, siendo este último el único de los citados proyectos que cuenta con una discografía más o menos sólida.

Es posible que todos los títulos mencionados hayan gozado de un éxito mayor o menor en las listas específicas del género o quizás, fuera de España, hayan sido tan sonados como las danzas de los nativos americanos. En lo que a nuestro país se refiere, sólo la entrañable primera entrega de Sacred Spirit parece quedar para la posteridad, eclipsada, sin embargo, por el éxito desorbitado de una melodía New Age inmediatamente posterior. Todo el mundo la recuerda, mas no por su título.
“Nirvana”, tema producido en España por El Bosco, fue, sin duda, el tema Chill Out de 1995 o, mejor dicho, el Tema (a secas) de 1995; angelicales niños de la escolanía de San Lorenzo de El Escorial cantando sobre una base muy ligera de aclarado aire hip-hop. Al igual que Sacred Spirit, el tema de El Bosco gustó a miembros de varias generaciones… A algunos nos pilló de niños, de manera que se convirtió en un entrañable recuerdo de infancia, a otros de adolescentes, con lo cual, tema del armario al canto, y también deleitó a los consumidores de New Age menos exigentes.

Y esto es todo. Cualquier proyecto concebido para ser producto de consumo masivo se volatiliza en menos que canta un gallo; una melodía pegadiza puede recordarse siempre, pero si su único valor es la adherencia y la ganancia monetaria, sin nada que ofrecer a las generaciones posteriores salvo su recuerdo (y, en muchos casos, ni eso), queda la obra estancada en el pasado como algo que ya ha muerto, restando sólo cenizas, un tarareo cuando se nos viene de repente a la cabeza, una cinta de cassette olvidada en un cajón o esa edición remasterizada con anti-copy que, diez años después, ocupa discretamente el escaparate del centro comercial de turno. Así es el mercado. Señales de humo disueltas en el aire; los altares se desploman, los ídolos se deshacen, los tótems se queman. Despojado nos han del viejo y amado oeste.

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sábado, 20 de agosto de 2011

La sangre de Cristo, por ahora, nunca me ha fallado.




En 1975, el sello británico Obscure, fundado por el célebre Brian Eno, se estrenaba con un extraño y desasosegante LP que incluía dos obras (una por cara) del aún joven compositor Gavin Bryars; es posible que “The Sinking Of The Titanic” sea el primer proyecto del músico inglés que haya gozado de una repercusión notable.
Gavin había iniciado su carrera dentro del mundo del jazz como contrabajista para sumergirse, después, en aguas de vanguardia, dando a luz una serie de obras, sobre todo, de corte minimalista, si bien el sonido del jazz continuó presente en algunas de ellas. El álbum que iniciaba el catálogo de Obscure, sin embargo, introducía un elemento nuevo en el sonido de Bryars; sonidos ‘clásicos’ de la mano de un cuarteto de cuerda, iniciando así una dicotomía entre vanguardia y clasicismo que aún hoy perdura en el estilo del músico.
Las innovaciones acometidas por Gavin en su música, así como el profundo desasosiego que producen sus obras, se manifiestan siempre de una manera discreta: creemos que escuchamos música clásica, pero un oyente avispado (y no tan avispado) caerá en la cuenta, tras varios minutos de escucha, de que hay un factor oscuro, desconcertante, que desequilibra la armonía del esquema clásico y lo saca de quicio. Así, “The Sinking Of The Titanic” es una obra pionera en el uso de sonidos clásicos dentro de esquemas minimalistas. Posteriormente, compositores como Michael Nyman, Wim Mertens o Philip Glass (éste último esporádicamente y en su etapa más tardía) practicarán, a su manera, esta suerte de ‘minimalismo neoclasicista’ y, de hecho, no es gratuita la presencia de Nyman (al órgano) en el disco que nos ocupa.

El relato mediante el cual Bryars nos cuenta el hundimiento del Titanic consta de un único capítulo que se prolonga en el tiempo durante más de veinte minutos, envolviéndonos con el sonido apacible de un cuarteto de cuerda. La tonada interpretada por éste es tan sencilla que parece recuperada de alguna antología de viejas canciones populares. Debajo de la armonía del cuarteto, un fondo desestabilizador de inidentificables sonidos reverberados se encarga de perturbarnos al igual que un mar revuelto perturba la estabilidad de un barco. De semejante lecho marino, emergen continuamente sonidos más claros que, en poco tiempo, vuelven a disolverse en el caos; una caja de música, la voz de Eva Hart (superviviente de la tragedia del Titanic), músicas ajenas distorsionadas que, al mezclarse con las cuerdas, producen punzantes disonancias… Y ya está. Todo esto es más que suficiente para llenar una cara de LP, sumiendo al espectador en inquietante letargo.

La segunda cara del álbum no sólo no tiene menor desperdicio sino que, además, está ocupada por la primera versión de la que posiblemente sea la obra más sonada y controvertida del artista: “Jesus’ Blood Never Failed Me Yet”. Aunque, en un principio, este discreto y delicioso atentado contra la salud emocional del oyente pueda catalogarse erróneamente como la hermana melliza de “The Sinking…”, nos encontramos, sin embargo, ante una obra original de 1971 que ya había funcionado con perfecta autonomía encima de un escenario.
Al igual que en el relato del naufragio, en “Jesus’ Blood…” encontramos el elemento clásico a cargo, esta vez, de una pequeña orquesta de cámara, siendo dicho elemento mucho más marcado y exquisito que en la pieza previa. Cabe destacar, además, la presencia del guitarrista de jazz Derek Bailey.
¿Y qué hay de perturbador en este conjunto musical, intérprete de una agradabilísima melodía que bien podría ser una delicia para los oyentes más relajados y distantes de las provocadoras vanguardias? Empezaré explicando que “Jesus’ Blood Never Failed Me Yet” (“La sangre de Cristo, por ahora, nunca me ha fallado”) es la tonada de un mendigo que pedía por las calles de Londres… Y, si nos fijamos en las tonadas que usan algunos mendigos para pedir limosna (los pocos que quedan, pues los ayuntamientos se emplean cada vez más a fondo a la hora de limpiar las calles), repararemos en que se repiten constantemente y a lo largo de horas y horas, hasta que el mendigo se cansa… ¡Sí! Gavin fue muy agudo al advertir que no hay nada tan minimalista como el canto de un mendigo.

Pero, ¿qué es el minimalismo? Luciano Berio lo definió como una imitación esquemática de los procesos naturales al compararlo con un cielo a medio nublar. Las nubes parecen estáticas, pero cambian de forma y posición muy despacio… En esto se basa el minimalismo, en el cambio mínimo, discreto de un motivo que se nos antoja repetido de manera idéntica a lo largo del tiempo. Un mendigo que pasa horas cantando una misma canción no lo hace siempre de manera idéntica, puesto que se trata de un ser humano y no de una grabación en bucle… La voz desafina, cada vez, en sitios distintos, en ocasiones patina, se debilita con el paso de las horas… y, sin embargo, seguimos identificando la misma tonada repetida una y otra vez con independencia de los pequeños cambios.
Así pues, Gavin Bryars registró el canto de este mendigo para componer, sobre la grabación resultante, el acompañamiento musical. Tremendo. Al principio, el oyente se desconcierta al oír la grabación en bruto de la canción, ensuciada por el ruido del tráfico y las voces de los viandantes… A pesar de todo lo dicho anteriormente, se trata de una grabación en bucle, ya que el mendigo no fue perseguido durante horas por un tipo con un magnetofón, sino que fue invitado a cantar la tonada una sola vez. Si prestamos atención, notamos que el buen hombre pone todo su empeño para quedar bien en la cinta. Y no era para menos; el motivo de la grabación era el rodaje de un documental acerca de la gente sin techo que vivía en un área concreta de la capital británica, siendo el bucle escogido por Bryars un descarte de dicho documental.
Poco a poco, va emergiendo la música. El oyente, entonces, se relaja, cautivado por la dulzura de los arreglos clásicos; la composición posee, sin duda, una increíble fuerza emotiva, capaz de conmover a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Sin embargo, llega un punto en que nos damos cuenta de que somos víctimas de una especie de broma macabra en la cual la melodía deliciosa y conmovedora se repite una y otra vez, dando lugar a una espiral infinita que, por supuesto, evoluciona progresivamente según se añaden nuevos instrumentos y arreglos, pero con una lentitud tal que apenas percibimos el cambio. Pasados ya los veinte minutos de música ininterrumpida, la orquesta de cámara se encuentra sonando al completo, sepultando la voz del mendigo bajo el intenso clímax instrumental. Comienza, entonces, un desvanecimiento artificial de la música (lo que los técnicos de sonido conocen como ‘fade out’) que se prolonga durante largos minutos haciéndonos caer en un nuevo y desconcertante planteamiento: ¿en qué momento cesaron los músicos de tocar esta pieza eterna? Una posible respuesta nos llega dieciocho años después, con la aparición, en 1993, del CD titulado “Jesus’ Blood Never Failed Me Yet” [véase la carátula en la imagen de cabecera de esta entrada].


Para introducir esta nueva versión de la obra, que ocupa un disco entero, citaré textualmente un epígrafe que consta en la contraportada del álbum:

“Jesus’ Blood Never Failed Me Yet 74:43”.

Efectivamente, el valor numérico especificado se corresponde con la duración de la música… Más de una hora de “Jesus’ Blood…”, sin silencios, sin interrupciones, todo un reto para la estabilidad psicológica del oyente. La obra, esta vez, se nos presenta dividida en seis pistas fundidas entre sí, consistiendo, cada una de ellas, en distintas opciones para instrumentar la pieza… Hay una versión para cuarteto de cuerda, otra para vientos, otra para orquesta completa… Y, cuando la cirrosis sugerida del solista se nos ha antojado ya incurable, una nueva voz emerge de entre las sombras para recordarnos que, después de casi veinte años, la sangre de Cristo puede causar estragos en nuestra garganta; se trata, nada más y nada menos, de la voz rota de Tom Waits. Una delicia.
Consta en las notas del disco que el cantante americano ya comentó a Gavin en su momento que “Jesus’ Blood…” era su obra favorita del británico y que, por desgracia, había perdido la grabación original, de modo que, cuando éste le llamó por teléfono para proponerle participar en la nueva versión, Tom no se lo pensó dos veces.


De esta forma, después de la aparición estelar de Waits acompañado por una orquesta completa, asistimos a los últimos retazos de música del álbum, que se apagan lastimeros mientras Tom arranca de su garganta unos dolorosos aullidos, asfixiándose al mismo tiempo que las notas agónicas de las cuerdas altas… Pocos finales son tan demoledores y patéticos (en el sentido dramático y no peyorativo de la palabra). Todo oyente que carezca de paciencia para escuchar el disco entero no debe perderse, sin embargo, esta sexta y última pista de apenas un minuto y medio de duración, donde la sangre del mesías, en un amargo latigazo final, acaba por consumirlo todo.
Y, a pesar de lo que la letra de la tonada nos pueda sugerir, Gavin comenta que este devoto cantante callejero era uno de los pocos entrevistados que no se encontraba borracho. Una comunión oficial siempre será más ebria y, dicho sea de paso, igual de minimalista…
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo
el cuerpo de Cristo…

Jesus’ Blood Never Failed Me Yet 74:43

1. Tramp with Orchestra I (string quartet)
2. Tramp with Orchestra II (low strings)
3. Tramp with Orchestra III (no strings)
4. Tramp with Orchestra IV (full strings)
5. Tramp and Tom Waits with Full Orchestra
6. Coda: Tom Waits with High Strings

Post Data para melómanos curiosos.

Mencionaré a continuación otras grandes obras (y no tan crudas) de Gavin Bryars:

Vita Nova (1994). El tenebrismo arcaico de la música sacra y una repentina oda instrumental para ensemble mixto. Mención especial para la bellísima pieza cantada que abre y da título al álbum (una de mis composiciones favoritas de Gavin).

A Man In A Room, Gambling (2003). Con la voz del ya fallecido locutor Juan Muñoz y en homenaje al segmento radiofónico que éste presentaba en los setenta, en el cual se ofrecían trucos y técnicas para jugar al póker. Locución en inglés.

Biped (2001). Música para la obra homónima de danza contemporánea. Pequeño conjunto de chelo, guitarra eléctrica, violín, contrabajo y percusión. Además del contrabajo, Gavin toca los sintetizadores en este álbum.

The Archangel Trip (1994). Obra interpretada por el ensemble Icebreaker en su álbum “Terminal Velocity”. Pieza muy similar a “Four Elements”, del álbum “Vita Nova”, pero mucho más breve.

Three Viennesse Dancers (1986). Por un lado, una odisea minimalista para cuarteto de cuerda (el Arditti String Quartet con Alexander Balanescu al violín). Por otro, prólogo, epílogo y larga pieza central para trompa y percusión tonal. Álbum publicado en ECM, sello alemán muy célebre dentro del mundo del jazz contemporáneo por haber albergado a músicos de la talla de Keith Jarrett, Bill Frisell o Jan Garbarek.


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sábado, 25 de julio de 2009

Paz, armonía y Rock 'n' Roll es democracia de muertos.

Crónica truncada de Ruidocracia ’08:

I. La llegada.
II. La exposición.
III. Comentarios sobre algunas actuaciones interesantes.
IV. Una prematura despedida.


I. LA LLEGADA

Sábado, 13 de Diciembre de 2008. Metros de Oporto y Urgel. Por algún motivo, ésta parece la zona más silenciosa de todo Madrid. Ni una persona, ni un coche, ni conversaciones en voz alta de vecinos o músicas a todo volumen. Tan sólo el murmullo lejano del tráfico de la avenida del General Ricardos, frontera indiscutible entre los barrios vivos y los barrios muertos.

Busco el número 17 de la calle Cañete, donde parece ser que se celebra un festival underground de ruido y otras variedades de sonidos electrónicos ásperos. Después de dar alguna que otra vuelta y pasar por delante de la célebre sala Gruta ’77, me topo con una de tantas naves industriales que en este barrio se mezclan con las manzanas residenciales. Me quedo un rato parado delante del enorme portón de hierro, indeciso, a pesar de que una pequeña puertecita abierta, incrustada en el portón, me invita a curiosear en un interior alumbrado con tenue luz de fluorescentes. Entonces, reparo en un cartelito que alguien pegó en la puerta con celofán:



RUIDOCRACIA

–consta en grandes letras escritas con bolígrafo sobre una hoja de cuaderno a cuadros.
Entro. Un caballero, también algo despistado, ha entrado delante de mí. Al fondo de un vestíbulo sin iluminar, un montacargas aguarda con las puertas abiertas. Veamos… según decía en el flyer, esto está en la planta cuatro… apretemos el botón… ¡Un momento! ¿Qué es esto?:
Este año, Ana Botella, delegada de Medio Ambiente junto con el área de Seguridad, dirigida por Pedro Calvo, han puesto en marcha en Madrid lo que se denomina brigadas contra el ruido. Patrullan desde las 23h hasta las 5h de la mañana un agente de policía municipal y un agente de medioambiente para controlar que en la ciudad no se superen los umbrales de ruido que permiten el descanso de los ciudadanos. Aunque a priori suena muy bonito eso de luchar contra el ruido, significa en realidad una lucha contra la Juventud. […] Desde la Ley contra el botellón, Madrid ha ido sufriendo una progresiva limitación de los espacios de la calle destinados a la diversión nocturna. […]

[Leer más].
Todo esto ha sido escrito mediante un edding gordo y con una caligrafía exquisita sobre las paredes y el suelo empapelados del montacargas.
Cuarto piso. Al final de un pequeño rellano, un amable caballero, corpulento, de espesa barba y cara de bonachón, me abre la puerta. Y, de repente, me veo en un local bastante espacioso, con una notable afluencia de público superior a los veinticinco años de edad y, en algunos casos, a los cuarenta (yo tengo veinte y aparento dieciséis, modestia aparte), paseándose o incluso charlando por el espacio mientras los potentes altavoces emiten una dolorosa descarga de ruido.
El bloque sonoro deforme y saturado viene acompañado a veces por lo que parecen lamentos o lloros de cachorro, pero tan sintéticos como el resto de la estructura sónica.

Con intención de ver al autor de este material, me siento en las sillas colocadas delante de un escenario que no existe como tal, ya que la larga mesa que da cobijo a los sintetizadores, DJ sets, computadoras, mesas de mezclas y demás está montada sobre el frío suelo de baldosas a la misma altura que el público. ¡Y ahora que me doy cuenta…! ¿Dónde carajo está el intérprete? La obra está sonando sin ninguna persona que la ejecute detrás de los aparatos. Y esto no puede ser música de ambiente porque, si no, no habría otra gente sentada en las sillas viendo o, mejor dicho, escuchando esto.
Lo enigmático de este espectáculo, tan propio de la escuela de John Cage, consigue mantenerme clavado en el sitio, escuchando, sin darme cuenta de que en la parte trasera del local, se exhibe una curiosa y delirante exposición, con trabajos plásticos, proyecciones de vídeo y una obra que interactúa con el observador, así como un bar improvisado y sofás para beber cerveza y fumar. Todo esto, lo detallaré más tarde.
No transcurre mucho rato hasta que termina la actuación. Creo que es Don Sergio Luque quien se levanta entonces de uno de los asientos del público y, aplaudido por los que hemos estado atentos, saluda, desconecta sus trastos y se marcha. Acaba de interpretar "Sex, Drugs & Rock 'n' Roll
" was never meant to be like this.

II. LA EXPOSICIÓN.

Una vez procesado todo esto, me decido a echar un vistazo a la exposición, en la que se exhibe una pequeña muestra de obras plásticas a cargo del colectivo Artistas de Guardia.

También se pueden contemplar proyecciones en vídeo de algunos reportajes y documentales.
A pesar de que estos vídeos pueden ser visionados en cómodos sofás, yo no llego a prestarles una especial atención, ya que, en mi opinión, el plato fuerte de la exposición es una mesa con cacerolas. Sí, han leído bien. “La TunningCCECerola”, obra del colectivo La Tejedora CCEC, está compuesta por una serie de cacerolas dotadas con lo que creo que son detectores de movimiento conectados a un ordenador. De esta forma, al levantar la tapa de una cacerola, aparece en una pantalla la figura de una persona percutiendo afanosamente un ruidoso objeto metálico. Si en vez de la olla express plateada se prefiere esa tradicional cacerola roja en la que, por cierto, se echan de menos los clásicos adornos florales, no hay más que levantar la tapa de la misma para que otra figurita diferente aparezca en pantalla organizando su correspondiente escándalo. Por supuesto, puedo levantar varias tapas y hacer un concierto de cacerolas. Lástima que la memoria RAM del ordenador no dé más de sí y aparezcan las imágenes y los sonidos entrecortados. De hecho, por excederme destapando demasiadas cacerolas a la vez, el sistema se ha bloqueado momentáneamente y la imagen de los percusionistas se ha quedado pausada y sin respuesta ante cualquier nuevo “destape”. Afortunadamente, no ha hecho falta reiniciar para que todo vuelva a la normalidad.


III. COMENTARIOS SOBRE ALGUNAS ACTUACIONES INTERESANTES.


En primer lugar, quiero que conste que todos los trabajos sonoros, plásticos y de otras disciplinas expuestos en Ruidocracia son de gran interés y que, por lo tanto, no pretendo hacer una discriminación de unos sobre otros, sino comentar aquellos que mejor han persistido en mi memoria.



3.1 José Manuel Costa: “Trayecto y presencia” (charla y DJ set).


El señor Costa ha salido de su casa para ir al trabajo. Al salir del trabajo, ha vuelto a su casa. Una hora para ir, otra para volver. Dos horas en total. Todos los días. Hoy, el trayecto ha sido grabado en audio con un pequeño reproductor de mp3. Medios mínimos para registrar algo tan cotidiano que pasa desapercibido. Yo, por lo menos, me pongo los auriculares. La charla de Don José Manuel es gris, desconcertante y desconcertada. Me cuesta centrarme en su discurso ya que, mientras lo pronuncia, va pinchando extractos del mencionado trayecto –“próxima estación…”, se oye de repente- mezclados con otra grabación distinta en la que se pueden escuchar las campanadas de la colección de relojes del Palacio Real. El paso del tiempo… marcado por pisadas o por agujas de reloj.
Al terminar la charla, José Manuel nos dice: “Si alguien se ve capaz de hacer un obrón con todo esto, que me dé un Pen Drive y yo con mucho gusto le paso las grabaciones”. Acto seguido, improvisa un tema construido con “cut-ups” de sus trayectos registrados.



3.2 Wendell Wells y Javier Montero (teatro físico y experimental noise).

Interesante puesta en escena por parte de Wendell, artista de origen africano que interpreta su “teatro físico” en la penumbra del escenario.
Este “teatro físico” es una suerte de danza cuyas raíces se encuentran en rituales animistas africanos e indio americanos. Al principio de la actuación, su rostro se oculta bajo una prenda negra, lo cual otorga un protagonismo bastante más violento a la carne sudorosa de su torso desnudo, cuyos músculos se retuercen de forma mecánica, espasmódica. Su cuerpo parece una marioneta humana movida por unos enormes hilos ocultos a los ojos del espectador, quizás los hilos de la música. “El cuerpo muerto movido por fuerzas invisibles”, cuenta Wendell en su página web.
Mientras tanto, el sonido agreste de Javier se tensa poco a poco hasta alcanzar un límite en el que vuelve a relajarse, repitiendo este patrón unas pocas veces durante toda la actuación. Muchas de las secuencias de la improvisación despiden un sabor profundamente primitivo, tribal, con un áspero bordón sobre el que se estrellan sonidos de instrumentos antiguos y gritos emitidos por Wendell.
Sin embargo, es una lástima que estas hechizantes y logradas secuencias se combinen de pronto con ritmos y estilos fácilmente bailables que destrozan la magia del conjuro. En mi opinión, creo que esas repentinas bases de Drum & Bass, los coqueteos con la música disco o los artificiosos samples de instrumentos clásicos de viento sometidos a dolorosas bajadas de pitch no hacen otra cosa que pisotear la esencia de unas raíces profundas que han sido desenterradas para alimentar un nuevo árbol sonoro que, a pesar de haber sido sembrado con tecnología avanzada, sigue siendo primitivo en su forma, dejándonos constancia del eterno retorno al que parece ser estamos destinados.

Ver a Javier Montero y Wendell Wells en Ruidocracia.



3.3 El espeso de medianoche (ruido y acción).

Un chico vende vinilos de noise e industrial en un rincón del improvisado bar del festival. El repertorio: Throbbing Gristle, Merzbow o un EP de un grupo vasco en cuya carpeta se detalla que las diez improvisaciones de un minuto que componen el álbum han sido grabadas en tres horas. Después de estudiar los discos que más me atraen y babear repetidamente sobre los mismos, me decido por “Grief” de Throbbing Gristle, una especie de “álbum remix” de la historia del grupo en el que la voz de su líder Genesis P-Orridge te recomienda nada más empezar que detengas la reproducción del disco y le des la vuelta.
Una vez efectuada mi compra tengo la sensación de haber arrebatado el clásico de la noche a los responsables de la próxima actuación, y es que el chico que vende los discos es uno de los dos “hermanos químicos” del festival, quienes, bajo el nombre de El Espeso de Medianoche, se fundirán en un solo alma capaz de establecer un vasto perímetro de tímpanos reventados.
Un compendio de tres o cuatro platos y una gran pila de vinilos de noise que serán pinchados durante unos pocos segundos para ser sustituidos enseguida por otros, son los ingredientes básicos para crear una masa sonora indescifrable y brutal al más puro estilo de la escuela japonesa (Incapacitants, Masonna, Merzbow…).
Aunque aquí tengo una pequeña laguna de memoria, creo que la función comienza con unos siniestros pero inofensivos sonidos orquestales sintéticos que bien podrían formar parte de la banda sonora de algún film de serie B. Pero, de repente, surge el caos. Un tronar ensordecedor que quizás no cese hasta que el edificio se derrumbe o, por lo menos, hasta que los dos DJ’s profundamente compenetrados se desplomen exhaustos de tanto moverse de un plato a otro, agachándose y levantándose a un ritmo frenético para aprovisionarse de nuevos discos que pinchar.



3.4 That Crooner From Nowhere (vocaltrónica).

El autodidacta Al Da Tosta nos brinda una de las actuaciones más delirantes y originales del evento. La abrupta guitarra procesada de un colaborador suyo se combina con las negras ultra tumbas electrónicas de Al, que samplea su voz en directo para crear una aterradora improvisación con llantos, lamentos y alaridos arrojados por una garganta flexible y rica en variedad tímbrica y tonal. A veces, es un monstruo gruñendo o riéndose en lo profundo, otras, un retoño angustiado que suplica ser atendido.
El sonido quiere recordarme a algunas de las apuestas más rudas del kraut rock –quizás algunas secuencias de Neu!, quizás los Kluster de “Eruption” o, por qué no, los primeros Kraftwerk-. Sin embargo, toda comparación es inútil para describir un estilo propio, lleno de identidad y escalofriantes matices.
Después de meterme en el Myspace de That Crooner…, me llevo una sorpresa mayúscula al comprobar que Al Da Tosta coquetea con toda clase de ritmos electrónicos bailables, sobre todo el beat box, creados con samples manipulados de su voz en un proceso parecido al que siguió Bjork en su álbum “Medula”. ¡Esto es vocaltrónica!


IV. UNA PREMATURA DESPEDIDA.

Es una lástima que para regresar a mi apartado lugar de residencia no disponga de buses nocturnos, con lo cual, una vez concluida la actuación de That Crooner From Nowhere, debo abandonar el lugar antes de que finalice el evento.
El amabilísimo caballero de corpulenta figura y frondosa barba me abre la puerta y se despide de mí con un cálido apretón de manos.
Otra vez el montacargas, otra vez la ley del silencio, otra vez los barrios muertos. Porque no hay vida allí donde el silencio es tan sofocante.
En el bus de regreso, me encuentro con un amigo. Charlamos.
–¿Que has estado en un festival de qué…? –me pregunta-. ¿De “música noise”? ¡Qué friki eres!

domingo, 12 de julio de 2009

Le llamaban "el cura".



¡Ooooh! ¡Kurtie! ¡Kurtie! ¡A mí, Kurtie! ¡Fóllame, Kurtie! ¡Lánzame el sujetador, Kurtie! ¡Ups!, me temo que los hombres no suelen usar sujetador. ¡Pues que se despelote! ¡Ay, Kurtie! ¡Pagaría porque me violaras, Kurtie! Bien, esto viene a ser más o menos una recreación de la catarsis grunge a la que podían llegar los y las fans de Nirvana en sus conciertos a principios de los noventa. No sé si mis queridos lectores lo habrán pensado, pero es posible que alguien se haya preguntado a sí mismo: "¿LOS y LAS fans?". Y efectivamente. No sólo ellas son las histéricas pues, seguramente, a más de uno le molaría el rollo ése del calentón idolátrico.Por desgracia para LAS y LOS grunge-sexuales, este artículo se encamina por otras sendas y, aunque la música de Nirvana marcó un estilo y una época y, por qué negarlo, me mola, yo voy a hablar del Kurt Cobain externo a Nirvana. ¿Es que acaso ese tipo hizo algo fuera de Nirvana? Pues sí, aunque fue realmente poco, ya que el joven Kurt apenas tuvo tiempo para proyectos más ambiciosos al margen de sus camaradas de Seattle.


La historia parte de la admiración que Kurt sentía por uno de los escritores norteamericanos más innovadores del siglo XX: el señor William S. Burroughs, un grande de la literatura que se hizo tristemente famoso por matar “accidentalmente” a su esposa mientras jugaban a Guillermo Tell con un revólver. Mr. Burroughs –heroinómano, icono de la generación “beatnik” de los años cincuenta, pionero del uso de la escritura automática en sus historias y creador de un corrosivo estilo asintáctico que brotaría más tarde en escritores como Anthony Burgess (“La naranja mecánica”) y el propio Kurt en sus diarios- no se sentía especialmente atraído por la música de Nirvana ni por la proposición del ídolo grunge para colaborar. Atrás quedaban ya esos trabajos conjuntos del escritor con grandes músicos como Laurie Anderson, Tom Waits o Iggy Pop. Atrás yonquis y maricas, atrás “El almuerzo desnudo”, atrás Tánger, atrás los chutes de insecticida… A sus setenta y ocho años, Mr. Burroughs no parecía tener mucho en común con un rubio y melenudito icono de la juventud. Sin embargo, la colaboración se llevó a cabo, eso sí, sin que ninguno de los dos llegara a conocerse nunca en persona. Kurt grabó en Seattle, William en Lawrence (Kansas). Teléfono y correo. Nunca se vieron las caras.


Le llamaban “el Cura”. Así titulaba Mr. Burroughs uno de los relatos incluidos en su libro “Exterminador” de 1973. Veinte años después, sale a la luz un raro E.P. con el mismo título. Raro por lo difícil que es de encontrar y raro, también, por ser (escríbanme un comentario si me equivoco) el único trabajo experimental de Kurt Cobain. Durante los primeros segundos de reproducción, una guitarra ruidosa y sórdidamente ejecutada intenta tocar mal que bien un fragmento de “Silent Night” antes de sumirse en crudas secuencias de ruido que en algo recuerdan a los Sonic Youth en su faceta experimental. Cuando el adorable villancico intenta ser recuperado de nuevo para volver a romperse en pocos segundos, la voz de Mr. Burroughs comienza a narrar “Le llamaban el Cura”, una historia de yonquis, tuberculosis y venta clandestina de piernas humanas a las vísperas de Navidad. Al igual que “Silent Night”, un segundo cántico navideño, "To Anacreon in Heaven", intenta hacerse sitio entre la demoledora masa sonora. ¡Kurtie! ¡Kurtie! Lo siento, baby, pero si buscas al rey del grunge, no lo encontrarás en este breve disco, que incluye un solo corte inferior a los diez minutos de duración.


Esta es la huella, ligera, pequeña, de un Kurt Cobain desconocido con unas inquietudes mucho más allá de Nirvana, del dinero y de ponerse hasta el culo de diversas sustancias mierderas. Y también la huella, también pequeña, de un literato en el ocaso de una carrera revolucionaria y de una vida extraña que, paradójicamente, se apagó años más tarde que la de Kurt, el joven Kurt.

Ken Follet everybody!*


Anexo 1. He aquí unos enlacillos relacionados con el post:


Descarga del álbum por Megaupload.
Wiki-información sobre Mr. Burroughs.

Anexo 2. Mira tú por dónde, que la foto de William S. Burroughs de la tapa trasera del disco se la hizo el gran Gus Van Sant, director precisamente de los “Last Days” de Kurt Cobain.

Anexo 3. * "Ken Follet everybody" es una despedida cariñosa para los lectores. Su significado es algo así como "Que os follen a todos" y está patrocinado por la Asociación de Víctimas de los Libros de Ken Follet. La mayor parte de miembros de esta asociación presenta traumatismos craneales severos provocados por el impacto de alguno de los tomos de este escritor de best-sellers.