Mostrando entradas con la etiqueta --- zona libre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta --- zona libre. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de noviembre de 2012

Díptico israelita.

A:

En Noviembre de 2012, el conflicto entre Israel y Palestina se recrudece por enésima vez en un alarde de sangrienta juventud a sus más de ochenta años de vida. De nuevo, vemos imágenes de bombarderos lanzando su material en esos barrios de Gaza cuajados de apartamentos. Como siempre, la perspectiva panorámica coloca al espectador en un lugar virtualmente seguro; no hay huesos espumeantes esparcidos por el hormigón ni cabezas abiertas entre los escombros. A juzgar por lo visto en televisión, los apartamentos de Gaza debían de estar vacíos a la hora del fuego –en cualquier caso, ahora sí lo están aquellos que continúan en pie. No se nos hace gratuito afirmar que hay un vil sarcasmo en estas imágenes de noticiario por parecerse más a una secuencia de «Godzilla» o «El día de mañana» que a un genocidio real. 
Los agasajados palestinos, por supuesto, no podían sino agradecer tal lisonja haciendo lo propio con el transporte público de Tel Aviv; una vez más, la población civil paga las consecuencias. A estas alturas, todos conocemos la rentabilidad del artefacto explosivo que discretamente se coloca en un vehículo; a pesar de ser, en comparación con los bombarderos, un sistema mucho más barato y menos espectacular –no se ve desde el aire–, su aplicación garantiza una afluencia de público igual o incluso mayor. Un poder comparable al de películas de bajo presupuesto como «Blair Witch Project» o «Rec» en relación con las mencionadas superproducciones. Todo esto nos lleva a la apabullante conclusión de que, efectivamente, es posible hacer metáforas hollywoodienses para hablar de un desastre evitable, basado en la matanza en masa de seres humanos y el sometimiento por la fuerza de los mismos.

B:

UN CORDERITO–. Un austero rótulo bicolor clava sus caracteres sobre la pantalla. «Zona Libre», puede leer el espectador durante varios segundos antes de contemplar uno de los planos (casi) estáticos más largos del cine reciente. La toma nos transporta al interior de un coche donde encontramos a la desconsolada Natalie Portman, quien no cejará en su llanto hasta pasados unos ocho minutos de metraje. Amos Gitai, el cineasta responsable de tan asfixiante operación, aprovecha con gran acierto las cualidades repetitivas del folk semita para reforzar la naturaleza minimalista de la escena. Y es que por encima del rumor de la calle, de la lluvia contra los cristales y los sollozos de Rebecca –así se llama el personaje encarnado por la Portman–, suena una versión de la tradicional «Chad Gadya» (o «Had Gadia») meticulosamente revisada por la artista de origen polaco Chava Alberstein. «Un corderito» es el título en castellano de esta tonada que los niños judíos cantan al inicio de la Pascua. Precisamente, «gadya» en arameo puede traducirse no sólo como «corderito» sino también como «niño»; no obstante, teniendo en cuenta que en el texto la criatura es devorada por un gato, preferimos imaginar que se trata de un cordero, lo cual continúa antojándose cruel pero en menor grado.

La prolífica Alberstein se vale del simbolismo atribuido a esta canción «acumulativa» para convertirla en protesta contra la violencia entre los pueblos israelí y palestino. Realmente, el texto no podría resultar más oportuno, ya que a través de sus versos asistimos a una cadena jerárquica en la que animales o cosas someten al elemento débil antes de ser sometidas ellas mismas por otro elemento más fuerte, y éste a su vez por un tercero aún más fuerte… El cordero es comido por el gato, el gato es matado por el perro, el perro atizado con el palo, el palo quemado por el fuego… hasta que el mismo Dios pone punto y final a tan tortuosa causalidad. Tradicionalmente, se dice que el corderito representa a los antiguos judíos, los cuales se asientan en la tierra prometida tras huir de Egipto. A continuación, cada uno de los animales o cosas mentados se identifican con alguno de los pueblos que conquistó posteriormente la tierra y, a su vez, fue conquistado por otro más poderoso. Finalmente, la tierra prometida es devuelta a sus ocupantes originales, aquéllos a quienes les corresponde poseerla por divino mandato. No es difícil imaginar por dónde vienen los palos en la versión actualizada de Alberstein –el tema data de 1989 pero, por desgracia, continúa perfectamente vigente en 2012. Después de omitir a Dios e interrumpir la cadena en «el Ángel de la Muerte», la nueva letra añade una serie de preguntas y nuevas metáforas, de las cuales nosotros rescatamos el siguiente extracto:
«¿Ha cambiado algo? Este año yo he cambiado.
Era un dulce cordero, 
ahora soy un tigre, un lobo sanguinario.
Era una paloma, una gacela,
ahora ya no sé lo que soy».
Dicen que las alegorías son pieza esencial en la canción de protesta cuando se escribe bajo la no libertad de expresión. Parece ser que de esta forma las críticas al régimen de turno se velan de cara a los poco avispados censores. Lamentablemente, no fue éste el caso de «Chad Gadya», que nunca sonó en las radios de Israel –un país democrático. «London» es el álbum que alberga esta emblemática joya, reivindicada por aquellos judíos que no aprueban la opresión sobre Palestina y que, sin embargo, están expuestos a pagar el precio de la misma en forma de autobús explosivo…

Según se desvanece la música, el plano de la Portman continúa; ahora, se aprecian con más claridad las gotas contra las lunas del coche e incluso sobre los adoquines de la calzada en ese preciso momento en que Rebecca baja la ventanilla. Justo entonces, es cuando percibimos toda una secuencia de rezos y llamadas al culto por parte de las tres grandes comunidades religiosas asentadas en Jerusalén. Rumor de sinagoga, campana de iglesia, voz amplificada de imán desde algún minarete… Así suena la Ciudad Santa, y así se encarga de recogerlo Amos Gitai en un riguroso fuera de plano, reflejando la convivencia inevitable de las tres culturas en un territorio donde cualquier intento de monopolio confesional va a ser inmediatamente disputado.
–¿Nos vamos? ¿Podemos irnos de aquí, por favor? –ruega Rebecca.
–¿A dónde? –es la réplica de una voz cuyo rostro no hemos visto aún.
–No lo sé… Da igual… Sólo quiero irme.
Acaba de comenzar la más atípica de las road movies.



Se recomienda activar subtítulos para leer el texto en castellano de «Chad Gadya».